David Lindes
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Era una tarde calurosa y desorientadora en El Paso, Texas, y acabábamos de almorzar. Íbamos a pie de regreso a una casita alquilada, los ojos entrecerrados contra el sol.

La calle, una arteria principal, era para autos, no peatones, sus aceras viejas y descuidadas. Envoltorios de comida rápida y colillas de cigarrillo salpicaban un paisaje sin sombra. Mi cuñado, Antonio, y yo platicamos de su entrevista de visa, que tendría lugar el próximo día, intercambiando una serie de conjeturas tanto esperanzadas como sombrías. “Tu abogado dijo que tu caso es sólido. No te preocupes”, seguido por “¿Y si dicen que no, mano?” De alguna manera, el debate en sí nos parecía productivo. “Mira, David”, me dijo mientras cruzábamos la calle. “Si dicen que no, cruzo de la misma manera que antes. Va a tomar tiempo. No tengo el dinero, y hombre, sería una desgracia, pero yo de plano regreso”.

Tan solo dieciséis horas después, viajábamos en un Volkswagen Jetta brillante, de la casita alquilada en El Paso a un hotel barato en Ciudad Juárez. Yo iba encantado de pasar una semana en Latinoamérica, aunque apenas fuera cuestión de unas cuantas millas. Mi última visita había sido a la Ciudad de México, la capital cultural de Latinoamérica. Caminé del Palacio de Bellas Artes al Zócalo por la calle Francisco Madero, un bulevar peatonal repleto de tiendas, cafés y restaurantes. Me compré un vinilo de Natalia Lafourcade y suficientes libros como para obligarme a cambiar la bolsa de mano en mano camino al hotel. Estaba seguro que Ciudad Juárez tendría algo similar que ofrecerme, alguna manera de deleitarme, de envolver mi latinidad en papel de regalo nuevo y obsequiármela una vez más. 

Miré a mi cuñado, callado, atormentado. Tenía los audífonos puestos y estaba mirando por la ventana, golpeteándose la pierna. 

Iba en la dirección equivocada. 

Había cruzado este tramo de tierra detestado más que unas cuantas veces, rumbo al norte, en expediciones interminables impulsadas por provisiones escasas y súplicas a los santos que le colgaban del cuello. Le había dado gracias a Dios al ver que se le acercaba la patrulla fronteriza. “¡Te dan una botella de agua y un aventón de regreso a México!”, me contó. Una vez que llegó al lado norte, intentó pasar desapercibido. Ni una sola multa de estacionamiento ni de exceso de velocidad. Siempre al acecho por cualquier señal de alerta, cualquier cambio en el viento que pudiera indicar que estaba en la mira de Inmigración y Control de Aduanas. Sabía que su vida allá era frágil. 

Cuando al principio recibió la carta notificándolo de su cita de visa en Ciudad Juárez, la idea de desaparecer le dio vueltas en la cabeza. Estaba casi seguro de que era una trampa, y solo querían que saliera del país. Por fin, decidió que tendría que presentarse, para bien o mal. Ahora, sentado a la par mía en el auto, tuvo la impresión de haber cometido un error. 

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Mientras más se acercaba la entrevista, menos se podía hablar de ella. Hicimos lo imposible por distraernos. Fuimos a la casa del cantante legendario mexicano Juan Gabriel en un Uber. Les dimos una vuelta a la catedral y la plaza central. Salimos a comer. Vimos una película mexicana al día. Y aunque no hay duda que las distracciones surtieron más que algún efecto, no lograron calmarlo. Podía ver cómo la tensión aumentaba en Antonio, como estática que invadía su cuerpo y seguía subiendo de volumen, ahogando cualquier otro sonido. La noche antes de la entrevista, como a las 11, apagué la lámpara sobre mi mesa de noche, y él todavía estaba despierto, sentado sobre las cubiertas de la cama con un mar de papeles esparcidos a su alrededor. Estaba comprobando que cada detalle estuviera en orden. Lo hacía para sentirse más seguro. Y al verlo obsesionado con cada hoja de papel, supe que el hombre había aprendido, en carne propia y por las malas, el poder de los papeles. Al día siguiente, tomamos el servicio de transporte del hotel al consulado estadounidense. No intercambiamos ni una palabra. Entregó el teléfono y la mochila y entró. Me senté afuera a esperar. 

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Detrás de las paredes del consulado, mojados e ilegales se estaban transformando en residentes permanentes por medio de un sacramento de preguntas y sellos. Entraban luciendo sus mejores blusas, sus camisas más blancas. Hablaban su inglés más pulido. Se sentaban frente al escritorio de algún empleado en una silla vieja que chirriaba. En el momento de sentarse, no se les consideraba “lo mejor de México”. Traían “drogas . . . crimen . . . [eran] violadores”.1 Su línea de pobreza era un dólar estadounidense al día. Pero contestar las preguntas correctamente les podía cambiar la vida. Si lograban hacerlo, un sello y una firma anunciarían su transformación. Y al levantarse de esa misma silla vieja con el mismo chirrido, tendrían derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad en terreno estadounidense. Su línea de pobreza se iría a las nubes. Llegaría a $24.600 al año para una familia de cuatro. 

Afuera, mientras el sol se desplazaba por el cielo y las sombras se le escondían sobre la acera, me senté a esperar con todo mi anhelo que le aprobaran la visa a Antonio. Y aun así estaba enojado con el poder de los empleados y sus sellos. Enojado porque sabía que sin ellos, Antonio perdería tanto y con ellos, su vida mejoraría para siempre. Porque yo sabía que él había sido un estadounidense admirable antes de siquiera entrar al consulado. Unas cuantas semanas después, Antonio ingresó de nuevo a Estados Unidos, con visa. Esa mañana, del aeropuerto de Houston, subió una foto sonriente a Facebook con el mensaje:

“Ya de regreso en mi tierra. :D”. Poco después, me llamó a decir que acababa de recibir su tarjeta de residencia en el correo. “¡Hasta los pinches ojos se me están poniendo azules!”, presumió. Pronto se matriculó en la escuela, ahora con derecho a ayuda financiera. Le aseguré que podría contar con mi ayuda, que trabajar y estudiar al mismo tiempo iba a ser matado, pero valdría la pena. “A eso no le tengo miedo”, me contestó. “Yo le tengo miedo a quedarme como estoy. Ya con papeles, sería una vergüenza”.


Letra de la canción

Párame en la calle
Camino al trabajo
Pídeme papeles
Mándame al carajo

Nómbrame culpable
De tu bancarrota
Llámame un mojado
Créete un patriota

Pero esta es mi tierra, aunque sea prohibida
Por encontrarla arriesgué la vida
Y aunque me digan que es ilegal
Yo no la voy a dejar de amar
Esta es mi tierra, yo la he labrado
Yo la he sufrido, yo la he sudado
Y aunque yo sea de otro lugar
También merezco la libertad

Lava tú los platos
Limpia tú los baños
Suda tú en los campos
Pasa ahí tus años

Deja a tu familia
Pa’ labrar la tierra
Luego ven y tira
La primera piedra

Soy un turco en Alemania, un libanés en el París
Hoja que cayó en otoño tan lejos de su raíz
Un marroquí en Barcelona, en Arizona un mexicano
Pero con o sin papeles, soy tu hermano


¡Hola, mucho gusto!

¡Hola, mucho gusto!

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Soy cantautor y autor nada más en mi tiempo libre, pero con tu apoyo, eso puede cambiar. Ayúdame a escribir más canciones y relatos como estos y compartirlos con el mundo.

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