Never Home

The following is Chapter 1 in my upcoming book, “Mi tierra - Homeland,” available now: Shop Now.

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Lyrics

You packed your bags like children play
While every thought was far away
How could you know the way a border severs
The land, your soul would bear its mark forever

Always missing someone just across the border
Always far from someplace where your feet belong
Even when surrounded, always half alone
Always half a stranger, never home

When you returned, with hopes in hand
That home would warm your feet again
You learned, instead, that every land is foreign
You left your home on every road you’ve trodden

Traducción

 Hiciste tus maletas como juegan los niños
Tus pensamientos ya muy lejos
¿Cómo podrías haber sabido que, de la misma manera que
La frontera corta la tierra, te marcaría el alma para siempre?

Siempre extrañarás a alguien al otro lado de la frontera
Siempre estarás lejos de donde pertenecen tus pies
Aún cuando estés rodeado, la mitad de ti seguirá a solas
Siempre serás mitad extranjero, y nunca estarás realmente en casa

Al regresar, esperabas
Que el hogar te calentara los pies
Pero en lugar, aprendiste que toda tierra es ajena
Y tu hogar lo dejaste en los muchos caminos que has andado

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(Scroll down for English)

 La primera vez que alguien escribió mi apellido con una “z”, solté una risa por dentro. No se me había ocurrido hasta ese momento que la idea tenía su mérito: Hernández, Martínez, Gómez, Líndez. Una sola letra cambiada y mi apellido al fin tenía un hogar como el “hijo de Linde” ibérico. Hasta el día de hoy, cuando alguien me pregunta si Lindes es apellido hispano, encojo los hombros y contesto que sí. Soy hispano, y es mi apellido. Genial. Nítido. Sencillo.

Y equivocado.

1881: Lindes, con una “s”, se inventa en Ellis Island, en la costa este de los Estados Unidos. Desciende del apellido sueco “Lindstrom”, pero se encoge al entrar a EEUU para sonar más americano. Y es que este país no es solo un tramo de tierra cualquiera. Nunca lo ha sido. Siempre ha poseído un atractivo supernatural, un ingrediente mágico. Y en los 1800, todos querían que un apellido que sonaba americano acompañara esa magia. Pero, ¿qué hacían los antepasados de un guatemalteco en Nueva York en 1881? Nada. Estaban en la Ciudad de Guatemala, donde han vivido desde el principio de los 1600. Algunos eran pobres y algunos ricos. Algunos maya y otros europeos. Ninguno era un Lindes.

1982: Nazco en la Ciudad de Guatemala, hijo de una mujer de la clase obrera y un hombre de buen tono. Mi nombre fue Ángel David de Jesús Castillo López, por lo menos en mis primeros meses de vida. Pero el corazón es inconstante, y al cambiar los campos gravitatorios, algunos cuerpos se alejan y otros se acercan. Mi papá se fue, y se llevó su apellido.

1952: Nace mi madre, Bianka López, en una familia de clase media en la Ciudad de Guatemala. Su papá era un locutor de radio conocido, entusiasta del teatro y hombre de sociedad  en ciernes. Su madre era enfermera en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social,  y cantaba con una voz que parecía un hilo de miel y jamaica. Vivían en una casa   de dos pisos en la zona 5 de la ciudad. En casa había ayuda doméstica, y los nenes iban a un colegio privado. Pero el corazón es inconstante. Cambian los campos gravitatorios. Su papá se fue.

1961: Mi abuelo materno recibe un cargo diplomático menor en Chicago. Era lo que hacía la administración del momento para sacar a su gente del desate de la guerra civil guatemalteca. Años después conocería a mi abuelo, una sombra arrugada de su yo anterior, pero aún eléctrico, radiante y soñando en voz alta. Nos permitiría dormir en una colchoneta vieja en el dormitorio de atrás de su casa en la bahía de San Francisco.

En cuanto él partió, la familia de mi mamá se dejó caer de la orilla de la clase media, y su caída sonó como el llanto de una muchacha en su habitación. Su casa nueva era una caja de 75 metros cuadrados sin ayuda doméstica ni colegio privado, con dos patios pequeños, en el laberinto de callejones que era la Colonia Primero de Julio: una vecindad pobre y desperdigada en las afueras de la Ciudad de Guatemala. Esa casa sería el hogar de mi niñez.

1988: En un aula de primer grado hecha de bloque a unas cuadras de esa casa, una maestra señorial con una voz fuerte y musical llama: “¡Ángel David López!”

“¡Presente!”, contesto yo.

Ese nombre me marcó. López me recuerda a los sábados por la mañana, cuando mi mamá nos mandaba a la tienda de la esquina a comprar golosinas para ver una versión de Star Wars doblada al español, juntos los tres sobre el sofá. Me recuerda a la noche que hicimos maletas para el viaje a San Francisco. Me recuerda a que ella nos trajo a mi hermana y a mí a este país, sobre la espalda de su fe, su aguante y su optimismo ciego. López me seguirá a Redwood City a los nueve años de edad, a esa colchoneta vieja en el dormitorio de atrás de la casa de mi abuelo. Se vendrá conmigo al empacar nuestras pocas pertenencias en bolsas de basura tan solo tres meses después, echados a la calle por diferencias religiosas. Me cubrirá al dormirme en un garaje convertido que nos alquilaron desconocidos que se volvieron familia. Y al fin, me seguirá mientras subo las escaleras de nuestro primer departamento, encaramado sobre un garaje en El Camino Real, un bulevar principal bullicioso, donde por primera vez conoceré a Peter Lindes.

1964: En una augusta estructura de ladrillo de cuatro pisos, rodeada de patios impecables y árboles antiguos en Westtown, un internado cuáquero, una maestra llama: “¡Peter Lindes!”

“Here!”, contesta un niño pálido y flaco.

Nació justo al fin de la segunda guerra mundial, en octubre de 1945, en Quakertown, Pennsylvania, hijo de un doctor y una ama de casa. Asistió a MIT a los 16 años, y reprobó sumariamente. Regresó para hacer otro intento y se recibió de ingeniero electrónico en el 68. Se consiguió un empleo con Hewlett-Packard, y se fue al oeste del país. Allí, fue parte del equipo que desarrolló la primera calculadora de mano del mundo, artículo que yo encontraría años después, en el 96, bajo una guitarra vieja. Se casó, tuvieron una hija y un hijo, y compraron casa en Palo Alto. Pero los corazones son inconstantes, y los campos gravitatorios cambian. Su esposa lo dejó. Y se llevó a los niños.

En medio de una búsqueda espiritual cataclísmica, escuchó hablar de la revolución nicaragüense, y de fondos públicos estadounidenses que compraban balas para los Contras. Pasó meses en Managua y las ciudades y pueblos alrededor, documentando lo que veía, escribiéndole a amigos, congresistas y senadores en casa, exclamando: “¡Dejen de financiar esta guerra!” Algo cambió en él en ese momento. Es que Latinoamérica no es solo un tramo de tierra cualquiera. Nunca lo ha sido. Siempre ha poseído un atractivo supernatural, un ingrediente mágico. En 1987, convenció a Peter Lindes a que vendiera su casa en Palo Alto, regresara a la universidad para obtener un certificado de enseñanza y se hiciera maestro de segundo grado en la comunidad agrónoma y migrante de Watsonville, California.

Ya con siete años de maestro, entró a nuestro pequeño estudio arriba del garaje sobre El Camino Real. Era nítido y silencioso, sonriente y tranquilo. Invitó a mi mamá a caminar por la playa, y me les pegué. Menos de un año después, sentado fuera de un juzgado en una tarde de semana, me despedí de López para siempre. Ya casado con mi mamá, Peter nos adoptó a mi hermana y a mí, y recibí mi apellido hispano de un gringo que se presenta como “Pedro” cuando pueda, y que siempre me contestaba “¿Qué?”, en español, cuando intentaba hablarle en inglés de adolescente.

Me llamo David Lindes. Soy de Quakertown en 1945. Soy de la Ciudad de Guatemala en 1952. Soy de Westtown y MIT, de la Primero de Julio en los 80, de una bolsa de golosinas y una película de Star Wars doblada. Soy del viaje espiritual de mi padre a Nicaragua, del salto de fe con el cual mi madre cruzó tantas fronteras para llegar a San Francisco. Puedo hablar dos idiomas. He aprendido a florecer en dos mundos, a nadar en dos culturas. Lo que nunca he aprendido es cómo estar en casa.


 The first time someone wrote my last name with a “z,” I chuckled inside. It hadn’t occurred to me until then that the move made sense: Hernández, Martínez, Gómez, Líndez. One letter switched and my last name could finally fit somewhere as the Iberian “son of Linde.” To this day, when people ask if Lindes is a Hispanic last name, I shrug and say “Yes.” I’m Hispanic, and it’s my last name. Nice. Clean. Simple.

Wrong.

1881: Lindes, with an “s,” is invented at Ellis Island on the eastern seaboard of the United States. It comes from the Swedish “Lindstrom,” but was shortened upon entry to the US to sound more American. See, this country isn’t some common stretch of dirt. It never has been. It’s always possessed an otherworldly allure, a sense of magic. And in the 1800s, people wanted American-sounding names to go with that magic. So, what were the ancestors of a Guatemalan kid doing in New York in 1881? Nothing. They were in Guatemala City, where they’ve lived since at least the early 1600s. Some of them were poor. Some of them were rich. Some were Mayan. Some were European. None of them were Lindeses.

1982: I’m born in Guatemala City to a working-class woman and an upper-crust man. My name was Ángel David de Jesús Castillo López, at least for the first few months of my life. See, hearts are fickle things, and as gravitational fields shift, some bodies drift apart and others come together. My father left, and took his last name with him.

1952: My mother, Bianka López, is born in Guatemala City to a middle-class family. Her dad was a respected right-wing radio personality, theater enthusiast, and budding socialite. Her mother was a nurse for Guatemala’s Ministry of Public Health and Social Assistance, and her singing voice was like a thread of honey and hibiscus. They lived in a two-story home in Guatemala City’s Zona 5, with a live-in maid and a private school education for the kids. But hearts are fickle. Gravitational fields shift. Her father left.

1961: My mother’s father winds up serving in a minor diplomatic post in Chicago. It was the current administration’s way of getting their people out at the first spark of the Guatemalan Civil War. Years later, I’d meet him, a wrinkled shadow of his former self, but still electric, still glowing, still dreaming out loud. He’d let us sleep on an old mattress in the back room of his house on the San Francisco Bay.

The moment he left, my mother’s family tumbled off the edge of the middle class, and their fall sounded like a young girl sobbing at night in her room. Their new home was an 800-square-foot box with no maid, no private school, and two small patios in the maze of concrete walkways that was La Colonia Primero de Julio: a sprawling, low-income housing project on the outskirts of Guatemala City. It would be my childhood home.

1988: In a first-grade, cinder-block classroom down the street from that house, a dignified teacher with a strong, musical voice calls out: “¡Ángel David López!”

“¡Presente!,” I reply.

That name marked me. López means my mom sending us to the corner store for junk food on a Saturday morning so we could watch a dubbed version of a Star Wars flick on the couch together. It means packing our bags one night and arriving in San Francisco the next day. It means she brought two kids to an unknown country, carrying us on the back of her faith, her grit, and her blind optimism. López will follow me to Redwood City when I’m nine, to that old mattress in the back room of my grandfather’s house. It will come with me when we pack up our belongings in garbage bags just three months later, tossed out for religious differences. It will cover me as I fall asleep in a converted garage rented to us by strangers who became family. And finally, it will follow me up the stairs of our first apartment on the bustling Bay Area thoroughfare El Camino Real, perched above a garage, where I’ll meet Peter Lindes for the first time.

1964: In an august, four-story, brick structure surrounded by manicured lawns and old growth trees at Westtown, a Quaker boarding school, a teacher calls out: “Peter Lindes!”

“Here!,” he replies.

He was born just at the end of the war, in October of 1945, in Quakertown, Pennsylvania, to a doctor and a housewife. He attended MIT at sixteen, and summarily flunked out. He returned for a second run and graduated as an electronic engineer in ’68. He signed on with Hewlett- Packard and moved out west. There, he helped develop the world’s first handheld calculator, which I would find in the garage underneath an old guitar in 1996. He married, they had a daughter and a son, and bought a home in Palo Alto. But hearts are fickle things, and gravitational fields shift. His wife left. And she took the kids.

In the midst of a cataclysmic soul search, he heard news of the Nicaraguan Revolution, and of taxpayer dollars buying bullets for the right-wing Contras. He spent months in Managua and the surrounding towns and cities, documenting what he saw around him, writing to friends, congressmen, and senators back home, telling them: “Stop funding this war!” Something changed inside him then. See, Latin America isn’t some common stretch of dirt. It never has been. It’s always possessed an otherworldly allure, a sense of magic. In 1987, it convinced Peter Lindes he should sell his house in Palo Alto, go back to school to get a teaching certificate, and become a 2nd- grade teacher in the migrant farmworker community of Watsonville, California.

Seven years into his teaching career, he walked into our studio apartment above that garage on El Camino Real. He was quiet and clean. Smiley, but still. He and my mom took a walk along the shore that night, and I tagged along. Less than a year later, sitting outside a courthouse on a weekday afternoon, I said good-bye to López forever. After marrying my mother, Peter adopted my sister and me, and I received my Hispanic last name from a white guy who introduces himself as “Pedro” whenever he can, and always answered “¿Qué?” when I spoke to him in English as a kid.

My name is David Lindes. I’m from Quakertown, 1945. I’m from Guatemala City, 1952. I’m from Westtown and MIT, from La Primero de Julio in the ‘80s, from a bit of junk food and a dubbed Star Wars flick. I’m from my father’s soul-searching journey to Nicaragua, from my mother’s leap of faith across so many borders to San Francisco. I can speak two languages. I know how to thrive in two worlds, and how to swim in two cultures. But I have no clue how to be home.